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Literaturas

Yacimientos literarios

El vendedor de relojes




"Lajos Zilahy (1891-1974) es un escritor húngaro con notable capacidad polifacética ya que también es periodista, dramaturgo… Su dura experiencia como soldado en el ejército austro-húngaro durante la primera Guerra Mundial le marca espiritualmente y le sirve para escribir sus célebres novelas Las cárceles del alma (1926) y El desertor (1930).

El alma se apaga (1932), de la que se recoge este fragmento, narra la historia de un joven húngaro que se ve obligado a emigrar a Estados Unidos, “la tierra de las oportunidades, donde atan los perros con longanizas”. La realidad es bastante más dura para el emigrante que tiene problemas con el idioma, las costumbres, la adaptación laboral, etc.

En el texto seleccionado se observa la importancia de las técnicas de venta para impulsar la compra del consumidor. Destacan la locuacidad del vendedor y la utilización de dos bandejas (“compradores fingidos”) que rompen el hielo y generan el afán de comprar entre los viandantes. Este papel lo ejercen Pulai y una dama bien vestida.

Las modernas técnicas de exposición y presentación de productos y de la publicidad en el lugar de venta (PLV) se basan en el mismo proceso psicológico (productos “gancho”, pilas, precios tachados…).

Resumiendo, se puede afirmar que este pequeño texto constituye un sintético tratado práctico de técnicas de venta callejera en unos limitados metros cuadrados de las zonas concurridas de una gran ciudad."





EL ALMA SE APAGA. Plaza&Janés, Barcelona. Edición del Círculo de Lectores, pp. 115-116.


“A los pocos pasos heme aquí en medio de los torbellinos de Broadway. En una esquina hay una aglomeración de gente en torno a un señor vestido con cierto esmero, el cual está vociferando desesperadamente. No le duele nada, es que vende algo. En América si alguien grita muy fuerte, podemos estar seguros de que quiere vender algún artículo. Este hombre vende relojes de bolsillo. En la emoción de su oratoria se echa de vez en cuando el sombrero hacia el occipucio. En su mano izquierda sostiene unos cuantos relojes de plata y a sus pies, en el suelo, tiene un maletín lleno de la misma mercancía.

Ya he oído y leído muchas veces que los multimillonarios habían empezado su carrera de esta manera. Me detengo, pues, junto al vendedor callejero, para estudiar como lo hace. Tampoco yo quiero ser botones de ascensor hasta el fin de mis días”.

…Las gentes le rodean, escuchan su perorata, pero nadie se decide a comprarle el reloj. Por fin, un señor se abre paso a través de la gente, se acerca al vendedor y le tiende un dólar…

Después de él se acerca al vendedor una dama bien vestida; también ella compra un reloj y se aleja…

La multitud que rodea ahora indecisa al vendedor de relojes, se pone en movimiento, y ahora ya hay hasta cuatro personas a la vez que compran relojes. Como si hubieran recibido un pequeño empujón animador para decidirse a comprar el reloj de un dólar.

No hay más compradores, el vendedor vuelve a colocar su mercancía en el maletín, cerrando también su boca, como si esta fuera tan solo un utensilio más de trabajo. En otra esquina, pone otra vez en el suelo el maletín y vuelve a vociferar. Unos cuantos transeúntes que no tienen demasiada prisa se detienen a su lado para escucharle. Pero tampoco esta vez quieren comprarle nada.

En este momento, se acerca otra vez alguien…

Caramba: Pulai de nuevo. Sí, era Pulai; se acerca y compra otro reloj. Y desaparece en el acto. ¿Estaría loco? ¿Qué va a hacer con dos relojes iguales a la vez?

Mas no comencé a maravillarme sino cuando, como segunda compradora, salió de entre la gente otra vez la misma mujer de antes, desapareciendo a su vez después de su compra…

Algo más lejos, en un portal, noté a Pulai en compañía de aquella dama bien vestida. Estaban debatiendo algo con mucha animación. No quería que me viesen, y por eso me alejé…

Ahora ya estaba claro para mí que colaboraban los tres. Pulai y aquella señora no eran más que compradores fingidos, para desencadenar en los indecisos aquel consabido proceso psicológico que se necesita para que uno se desprenda de un dólar.