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Literaturas

Yacimientos literarios

Las tiendas que venden de todo en el viaje a la Alcarria de Camilo José Cela




Camilo José Cela (Padrón, 1916-Madrid, 2002) tuvo un recorrido vital efervescente. Fue expulsado de varios colegios y estuvo ingresado en 1931 en el sanatorio antituberculoso de Guadalajara; una experiencia que le sirvió de base para su novela Pabellón de reposo. Intentó estudiar Medicina, pero se quedó en las fases iniciales. Fue censor en el régimen franquista, editor literario, senador por designación real en las primeras Cortes de la transición democrática…, su forma de vida se imbrica de forma continua en su desempeño literario.

Como escritor se desenvuelve en ámbitos variados como la novela (la primera es La familia de Pascual Duarte de 1942), los artículos y ensayos, la poesía, la lexicografía y los libros de viajes. Su estrategia se basó en el culto a la fama y a la personalidad (como señala Dionisio Ridruejo). Es famosa su frase de que "en España, el que resiste gana". En 1989, recibió el Premio Nobel de Literatura.

El texto de Viaje a La Alcarria que se recoge en este yacimiento literario muestra las características de las tradicionales tiendas que venden de todo en los pueblos. El surtido es muy amplio aunque su profundidad sea muy reducida. Hay que destacar que la tienda es abigarrada y que algunos artículos de la oferta se caracterizan por su elevado peso y volumen y por una rotación realmente escasa. No se sabe cuáles son los canales de aprovisionamiento de productos tan variopintos como los marcos alemanes de la guerra del 14 o la colección de sellos argentinos. El caso es que están en la Casa Portillo disponibles para cualquier comprador.

Otro aspecto reseñable es la cualificación del tendero, que es guía turístico, poeta, actor y lo que se tercie. Lo importante es que se muestra solícito con los visitantes-clientes y que su incontinencia verbal es un arma poderosa para aumentar las ventas.






Camilo José Cela (1967): Viaje a la Alcarria, Colección Austral, Espasa-Calpe, 5ª edición, páginas 54 a 56.


El viajero, que hoy prefiere no entristecerse, se levanta, se despide del viejo y tira hacia delante, por la cuesta abajo. Pasa unos soportales -vigas de madera, como columnas, y un adoquín de piedra, de base- y llega hasta un tenducho abigarrado, vario, tentador, que parece puesto por el Patronato del Turismo.

El dueño es un viejo zorro, bizco, retaco, maleado, que sabe muy bien dónde le aprieta el zapato. Habla de todo y sobre todo y se las da de poeta y hombre cultivado.

-Sea usted bienvenido a la casa Portillo.

-Muchas gracias.

-La casa Portillo es una casa muy seria.

-No lo dudo.

El hombre habla con grandes aspavientos, dando gritos, arrugando la cara, levantando los brazos.

-Yo soy el célebre cicerone que enseña la población.

-Muy bien.

-Aquí son todos muy ignorantes, no saben distinguir.

-Bueno, bueno.

-Mi nombre es Julio Vacas, aunque me llaman Portillo. En este pueblo cada hijo de vecino tiene su apodo, aquí nadie se libra. Aquí tenemos un Capazorras, un Tamarón y un Quemado. Aquí hay un Chapitel, un Costelero, un Pincha y un Caganidos. Aquí hay un Monafrita y un Cabezón, un Mahoma y un Padre Eterno, un Caldo y Agua y un Caracuesta, un Chil y Huevo y un Cabrito Ahumado, un Fraysevino, un Insurrecto, un Píoloco y un Mancobolo, un Taconeo, Un Futiqui y un Pilatos; aquí señor mío, no nos privamos de nada.

-Ya veo, ya.

-Y a todos juntos nos dicen bufones y borrachos los de los pueblos de al lado.

El hombre dice sus frases muy de prisa, como si recitara una lección de memoria, parando solo un instante para respirar y reírse con una risita de conejo. El hombre sabe que tiene que colocar sus palabras, sea como sea, y no le importa nada que vengan o no a cuento.

-Pero, ¿sabe usted lo que le digo?, pues le digo que eso es la vida.

El hombre sonríe, se echa un paso atrás y toma un ademán muy estudiado de actor dramático:

          En esta choza modesta

          verá usted todas las cosas:

          desde el zapato y la cesta

          hasta la loza más hermosa.

Julio Vacas está radiante de gozo, se le ve en la cara. Verdaderamente, el aguante del viajero es algo que no debe encontrar todos los días.

-¿Le gusta este verso?

-Sí, ya lo creo; es muy bonito.

-Pues lo hice yo sin ayuda de nadie. Sé más; hice también más versos.

-¿Sí?

-Sí, señor; ¿o se cree usted que soy un ignorante?

-¿Yo? ¡Dios me libre!

El hombre vuelve a sonreír.

-Pues, si, señor, hice más, muchos más; los tengo todos apuntados. Sin orden no se va a ningún lado, ¿verdad usted?

-Claro.

-Pues escuche éste dedicado a la Santísima Virgen María, madre de Nuestro Señor Jesucristo.

-A ver.

Portillo volvió a transfigurarse.

          Brihuega es dichoso

          desde que encontró

          y a su morenita

          un templo le alzó

El viajero va a decir algo, pero el chamarilero le interrumpe con el ademán, como indicando: “Espere un poco, sólo un momento.” Levanta otra vez los brazos, y se arranca diciendo:

          Tres monumentos existen

          En esta gran población:

          Nuestra Vírgen, San Felipe

          Puerta de Cozagón.

Cuando termina, se rasca violentamente la cabeza.

-¿Eh?

-Ya, ya.

El viajero entra en la tienda con Julio Vacas detrás. En la tienda hay de todo, parece la tienda de un moro: quinqués de porcelana, escupideras de loza, tinteros de cristal, duros de plata, cuadros, libros, arneses de caballería, candiles de bronce, pieles ce carnero, plumas de pavo real, hermosas fuentes lañadas, chaquetas viejas, una colección de sellos argentinos, dos paquetes de medio kilo cada uno de marcos alemanes de la guerra del 14.”